Miércoles 16 de agosto de 2017 - 6:37pm

Sí, lo soy…

noviembre 24, 2016
Sí, lo soy…
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Nunca antes decir lo que pienso y lo que creo se había vuelto tan difícil como ahora cuando se tiende una capa ¡qué digo una capa! ¡un techo de acero! para normalizar la explotación más antigua de las mujeres: la prostitución.

Cuando las voces que más se escuchan en los medios son éstas, las que hablan de las “bondades” de la legalización de la prostitución como el gran avance de la humanidad y de la democracia.

Yo no sé ustedes, pero yo no deseo que las niñas crezcan convencidas de que su cuerpo es una mercancía que se puede vender y comprar.

En 1996, cuando era reportera de Doblejornada y Cimacnoticias conocí la prostitución en los rincones más oscuros de la zona de la Merced. La disputa por la calle entre grupos y “organizaciones sociales” estaba a todo, pero la calle no era el motivo de la disputa sino las mujeres que ocupaban esas calles todo el día a lo largo del año, entre otros negocios.

La disputa por el control de la calle ya había dejado a varias mujeres en situación de prostitución asesinadas de uno y otro lado. Como en cualquier guerra, las mujeres y sus cuerpos son transformados en campos de batalla.

Ya en varias ocasiones había entrevistado a la directiva de Brigada Callejera, organización que trabaja con mujeres en prostitución, incluso había acudido a sus oficinas dentro de la iglesia de la Soledad, ahí, en el centro de la zona de la Merced, que en más de un sentido hace honor a su nombre, Soledad.

Brigada Callejera ya me había invitado a talleres donde las mujeres en situación de prostitución recibían información sobre el VIH y cómo prevenirlo con el uso correcto del condón. Información más que necesaria cuando el VIH era el enemigo a vencer. Tras el éxito, desarrollaron su propia marca de condones “Encanto”, que venden entre las mujeres en situación de prostitución.

Me adentré a ese mundo a conocer a las mujeres de carne y hueso, que día a día ocupan las calles que controlan otros. Conocí los hoteles donde ellas viven, como el Madrid, confiscado en 2009 por trata de personas, según el acuerdo A/005/09 publicado en la Gaceta Oficial del Distrito Federal. Un hotel propiedad de un ciudadano español, con un patio interior enorme rodeado de cuartos para la prostitución, o lo que sea. Tres pisos dedicados a ello, con barandales pintados de azul estridente; el cuarto piso estaba reservado para las mujeres en prostitución y sus niñas y niños.

Como en cualquier vecindad, la ropa lavada colgaba de los barandales, el llanto de bebés reventaba el silencio de la noche, voces de niñas y niños, la televisión a todo volumen; todo se mezclaba mientras subía por la escalera al primer piso, donde una mujer me esperaba en una de las habitaciones, recostada en la cama matrimonial, con cabecera de madera y el olor a creolina.

No era una mujer débil ni mucho menos, era una mujer atlética, con los músculos marcados producto de la disciplina del gimnasio. Su sueño era destacar en la Triple A como luchadora técnica, pero la mala paga la llevó a las calles de la merced a prostituirse.

Con el rostro color morado, sus brazos hablaban de una lucha, pero no en el ring. Dos semanas antes, el bando contrario a Brigada Callejera la había atacado a patadas en la calle hasta dejarla inconsciente y casi muerta.

Producto de la tremenda paliza, se le habían “volteado los intestinos” y los tenía en una bolsa, fuera de su vientre.

Después recorrí las calles vacías, oscuras, donde las loncherías de noche con las cortinas cerradas, dejaban escapar la música de la rocola. Ahí la prostitución seguía, sobre todo la explotación sexual infantil.

Las narraciones de lo que ahí sucedía parecían de otro mundo. Cada quincena, o los días de raya, se solía rifar a una joven virgen; “el gran evento” en todas las loncherías que en el día venden quesadillas o comida corrida y en la noche ofrecen a mujeres y niñas a la carta. Repito: corría el año 1996, cuando ya las mafias tenían el poder.

Por ello, el control de las calles de la Merced es fundamental en el negocio de la prostitución, quien controla las calles controla a las mujeres que ahí son explotadas.

Durante horas escuché las narraciones de Jaime sobre las atrocidades que viven las mujeres en prostitución del “otro bando”, cómo eran controladas y obligadas a trabajar en las peores condiciones, el comercio con la cartilla de sanidad, las formas en que eran revisadas para garantizar que no trabajaran menstruando, violadas por el dedo que un señor introducía en sus vaginas, el riguroso vigía del periodo de cada una.

Ahí conocí a Rubí, una mujer culta, proveniente de la clase alta de nuestra ciudad, quien había llegado a la Merced – después de pasar por la Zona Rosa y Sullivan- para sacar adelante a sus hijos, para mantener el nivel de vida que solían tener antes que ella enfrentara a su marido violento e infiel, próspero ingeniero civil constructor de las carreteras del norte de nuestro país.

Enfrentar al ingeniero le valió a Rubí quedarse en la calle, con dos hijos inscritos en colegios particulares, acostumbrados a vacacionar cada año en Europa y a usar ropa de marca. La culpa de que sus hijos “perdieran todo” la llevó a la prostitución, porque ella quería que sus hijos no pasaran carencias.

Y muchas más mujeres que llegaron a las calles de la Merced bajo la fuerza del hambre, de la miseria de sus vidas y la urgencia de que su prole tuviera algo mejor. Siguiendo sueños, como la luchadora, que mientras conseguía la fama, tenía que comer, pagar gimnasio, entrenador y todo lo que ello le implicaba.

Mujeres que creyeron que con tres meses prostituyéndose obtendrían lo que debían pero se quedaron atrapadas, endeudadas, en las redes de la prostitución donde la calle es el gran negocio de los señores que les cobran por todo, donde los hoteleros se hacen ricos con la renta de los cuartos tanto para la prostitución como por vivir.

De estas mujeres se habla, de las que no contaron con opciones reales para elegir. Todas tenían sueños distintos a lo que estaban viviendo, todas preferían salir de “eso”, como le llaman. Ninguna se sentía orgullosa de ser prostituta, ni deseaba que sus hijas lo fueran, aunque algunas estaban resignadas en que ahí terminarían porque ese es el ambiente en el que viven (o la “opción” que les da su país).

Todas le pagaban a alguien para poder pararse en una esquina, para poder usar el hotel, para estar en la lonchería, para que el poli no se las llevara; todas eran explotadas por todos los negocios alrededor de ellas.

Sobre estas mujeres están hablando otras, que dicen que “ellas” -las mujeres en situación de prostitución- optaron libremente por ello. Académicas, legisladoras acompañadas por hombres llamados “progresistas”, colocadas en los medios de comunicación con sus voces hablando de las “bondades” de la prostitución como trabajo.

¿Qué significa eso? ¿que dentro de la orientación vocacional la prostitución será una opción para las jóvenes? ¿crecerán las academias que profesionalizarán a las mujeres para que sean las mejores prostitutas de la historia? Como el nuevo modelo de negocio, las academias de “Pole Dance”, que no son otra cosa que el entrenamiento para los Table Dance, o para el placer sexual de los hombres.

De qué estamos hablando, me pregunto. Sé que esto no gusta a las personalidades que tienen el poder para susurrarle al oído al jefe de gobierno que esto es lo de hoy, y que ha ganado muchas y muchos adeptos.

La investigadora Ana de Miguel ya decía en su conferencia en el CEIICH sobre Neoliberalismo Sexual “lo que nos estamos jugando es el concepto de humanidad”, y en especial de la humanidad de las mujeres. Si la dignidad humana es el principio básico de los Derechos Humanos, ¿dónde subsisten los derechos de las mujeres?

¿Por qué buscan legalizar la prostitución y no empujar con todo el poder que ellas tienen, mejoras en las condiciones laborales de todas las mujeres? para que todas ingresen a las escuelas, para que sean grandes científicas, legisladoras, gobernantas con trabajos bien remunerados.

Sí, me han dicho que mi argumentación es moralina, porque lo mismo da trabajar con las manos que con la vagina. Nada tiene de comparación. Hoy, los mismos países que legalizaron la prostitución no vieron el desarrollo de las mujeres y sí de los señores de la pornografía, los dueños de los bares y prostíbulos, donde se ofrece a las mujeres.

En estas semanas se decidirá el futuro real de la vida de las mujeres y de las niñas, las niñas de 10 años que el Fondo de Población de las Naciones Unidas ha elegido como el indicador humano para la medición del éxito de los Objetivos de Desarrollo. La decisión final será tomada el 10 de diciembre, fecha emblemática para los Derechos Humanos.

Normalizar la compra y venta de seres humanos nunca ha sido el camino del progreso ni de la democracia; los años de historia nos lo han demostrado más de una vez.

Las mujeres en situación de prostitución merecen opciones reales de desarrollo, no la cadena que las eternice en ella.

Por: Lucía Lagunes Huerta*

*Periodista y feminista, Directora General de CIMAC

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