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Merodio y la tirria por los contrapesos

abril 7, 2017
Merodio y la tirria por los contrapesos
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Paloma Merodio llegó al INEGI con las maletas cargadas de polémica. Su nombramiento dejó a su paso evidencia contundente de que los senadores a ratos se toman a ellos mismos en serio, a ratos agarran la investidura como jerga. También da cuenta que para el gobierno de Peña Nieto la honradez intelectual es puro vacile.

Cuando se tiene el poder político, los detalles de la vida académica son folklorismos. De los “errores metodológicos” a las “cátedras” en Harvard. No es de extrañar entonces que sea en este sexenio cuando a los contendientes a la Fiscalía Anticorrupción se les haya ocurrido plagiar un ensayo para postularse al cargo.

Lo de Merodio no es un asunto de puritanismos. Es comprensible que cada proceso de designación o nominación a un cargo público genere debate y polémica. Digo, si es que nos tomamos en serio eso de la democracia. Las sociedades abiertas hacen de la deliberación y el contraste de argumentos una fortaleza. Es obvio: no existe tal cosa como “persona perfecta para un puesto” y los consensos absolutos -por lo menos para mí- generan desconfianza. Lo que no se permiten las democracias serias (y menos de manera escandalosa) es tomar la simulación como regla y hacer de los requisitos formales un asunto de tanteo.

Por eso es que el nombramiento de Paloma Merodio para integrar la Junta de Gobierno del INEGI traspasó la línea roja del debate y se metió en los laberintos del escándalo. Una mayoría oficialista en el Senado de la República -con salpicones de oposición- tuvo que echar mano de múltiples travesuras en el proceso legislativo para ratificar a Merodio como una de las vicepresidentas del INEGI.

Joven y con una trayectoria profesional destacada, Merodio puso en evidencia la fragilidad de nuestros contrapesos legislativos. Sus antecedentes no le alcanzan, pero el Senado se aventó una chapuza para que el pasado se rindiera ante sus necesidades políticas. Las ganas de ponerla en el cargo fueron tales que un grupo de senadores se dieron vuelo apachurrando los conceptos por aquí y por allá. Ahora, bajo el método Merodio, cualquier trayectoria cabe en los criterios legales sabiéndola acomodar.

Cómo estarán las cosas que Gamboa salió amenazante -o redentor, no sabemos- a decir que, a Paloma Merodio, en el futuro los que la criticaron le pedirán perdón, pues es muy capaz.

Sucede que el éxito y la inteligencia no son lo mismo que 10 años de trayectoria, experiencia en puestos de alta dirección y reconocimiento en la academia. La Ley es contundente con los antecedentes y plazos que exige para el puesto que desde ayer –sin cumplirlos-, ella ocupa.

La polémica sobre sus antecedentes y su falta de credenciales, no es menor. Son públicas las duras críticas y documentados cuestionamientos. Su designación tiene serios problemas de conflicto de interés y resulta delicada por sus lazos políticos. Pero concedamos que todo eso forma parte de la subjetividad política.

El verdadero problema está en que integrantes del Senado, especialistas y destacados académicos han mostrado con datos que no tiene los años de experiencia profesional ni los antecedentes en puestos de alto nivel que la Ley exige. Dos botones de muestra:

Fue asistente de profesor en una clase en Harvard y a alguien se le ocurrió redondearle el mérito hasta impartidora de cátedra.

Trabajó en una consultora (GEA), en la que pomposamente llaman gerente a cualquiera que ahí labore y no sea dueño. Y eso lo consideraron alto nivel.

Este nombramiento es mucho más que la disputa por una plaza tecnocrática. Lo que estaba en juego era la capacidad del Senado para documentar, argumentar, debatir y designar responsablemente a servidores públicos, en un contexto en el que urgen contrapesos. El de Peña Nieto es un gobierno de maltrato a las instituciones por la vía de las designaciones. Y el Senado ha estado ahí siempre dispuesto a abrirle paso.

Valiente contrapeso cuando apenas se prestó para guardar silencio y entregar aplausos en las designaciones de Arely Gómez y de Raúl Cervantes en la Procuraduría General de la República. Cuando hubo que nombrar el pleno del INAI, Peña Nieto echo mano del inventario de mexiquenses incondicionales y puso a Monterrey Chepov. A la Suprema Corte le agarró coraje y se empeñó en filtrarle amigos. Lo logró con Medina Mora y -a pesar de los costos que esto tuvo para la legitimidad del Máximo Tribunal- después se atrevió a intentar designar a Alejandro Gómez Sánchez.

Como se aprecia, el asunto no puede verse aislado. Por si alguien tenía duda, a pesar de las desaseadas postulaciones, aquí todavía hay tirria por los contrapesos.

Por Miguel Pulido

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